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Entre lo dicho y lo hecho, un largo trecho

Panorama económico

Les compartimos el artículo de cada domingo, que pueden leer en el diario El Ciudadano.

Cada vez que en la Argentina sale publicada alguna cifra sobre pobreza e indigencia se escucha un coro de indignación. Frases como: “Alimentamos a 400 millones de personas, pero padece hambre un tercio de nuestros niños”, se suelen escuchar cuando ese fenómeno socioeconómico y cultural tan complejo, presente en todo el territorio nacional, aparece algunos minutos en la portada de algún medio de comunicación.

En Argentina se sabe bien lo que es la pobreza, porque es probable que muchos de quienes hoy cuentan con una profesión y un trabajo digno hayan salido de un hogar que llegaba a fin de mes saltando comidas y eludiendo compras necesarias. Pero una cosa muy diferente es el fenómeno de la pobreza estructural que se traspasa de generación en generación, dejando marcas indelebles en la salud física y mental de las personas, cuyas posibilidades de integración social se van deteriorando seriamente, incluso ante una posible mejora o ayuda económica.

Por algún motivo, cuando se considera la necesidad de remediar esta situación desde los aspectos materiales, punto de partida para ayudar a cualquiera que padece hambre, surge el conflicto con el deber ser de gran parte de los economistas que aparecen en la escena mediática. Para ellos la prioridad es contentar a “los mercados”, mediante medidas de austeridad, reducir la intervención del Estado desfinanciando su accionar y aplicar políticas de ajuste que reflejen con contundencia que el país está en línea con los intereses del extranjero. En rigor de verdad, los economistas famosos no hablan de pobreza porque ningún pobre los contrata para recibir su asesoramiento…

Pero no se trata de cargar contra los economistas que razonan de esta manera. Son muchas las personas que piensan que “los argentinos” gastan mucho más de lo que tienen, que los sectores medios vivieron un festival que ahora hay que pagar aunque sea reduciendo el nivel de vida, y que la pobreza puede seguir aumentando porque no hay otra alternativa económica, por seguir si no queremos “ser como Venezuela”.

Esto pareciera indicar que, sea en la conciencia de los argentinos como en la acción de los gobiernos que elegimos, eliminar la pobreza está dejando de ser un objetivo prioritario, instalándose peligrosamente como otro rasgo distintivo más de nuestra sociedad cada vez más comprometida con las luchas ideológicas que con la justicia social. La subordinación cultural avanza tan aguda y sigilosamente que estamos entregando pasivamente la riqueza en manos de representantes de intereses extraños que nada le importan terminar con la pobreza en el país.

La experiencia de los últimos tres años y medio sirve para describir certeramente esta situación. La pobreza ha sido uno de los tres pilares de acción del gobierno de Cambiemos; de hecho, el mismo Mauricio Macri quiso que su gestión sea calificada según los resultados en materia de reducción de la pobreza. La consigna era bajar la pobreza generando puestos de trabajo genuinos; crear trabajo en esos términos significa que haya más empresas, que se produzca más y que más personas tengan un trabajo digno y estable. Pero la realidad viene demostrando con rigor que nada de esto está ocurriendo y que, peor aún, en la acción del gobierno nacional priman otros objetivos de política económica contrarios a esta primera consigna.

En los últimos días se conoció la variación de la actividad de la industria y de la construcción del mes de abril, que no arroja signos de una mejora concreta. Esta situación es preocupante, dado que ambos sectores, junto con el bloque comercial, son tres rubros que más mano de obra demandan en la Argentina.

Los números dan cuenta de la gravedad del hecho. La actividad industrial cayó 8,8% en términos interanuales y 10,6% en el acumulado parcial respecto de igual periodo del año anterior. Los sectores que más cayeron (y con mayor incidencia en el bloque industrial) fueron: automotriz y otros equipos de transporte, productos de metal, maquinarias y equipo y refinación de petróleo. Con respecto al mes de marzo, la industria creció un 2,3%, pero lamentablemente hay que decir que ello que no implica un cambio en la tendencia.

La construcción evidenció similares resultados que la industria: cayó 7,5% con respecto a abril del año anterior y 10,3% con respecto al acumulado parcial. En el comparativo mensual este sector se contrajo 0,3%.

La destrucción de empresas y puestos de trabajo aumenta cada día, cosa llamativa en la gestión de una persona que muchos catalogaban como “empresario exitoso”. Todos los días nos enteramos del cierre de una unidad productiva y la suspensión o despido de sus trabajadores. Por ejemplo, la planta de General Motors ubicada en Alvear interrumpió su producción por un mes como respuesta a la difícil situación que enfrenta el sector automotriz; y la tradicional fábrica de piletas Pelopincho cesanteó al 15% de su planta.

Esta situación contrasta crudamente con la idea que “de la pobreza se sale trabajando”, ya que los sectores más vapuleados por las políticas económicas llevadas a cabo por la gestión de Cambiemos son justamente aquellos que más personas emplean. Esta situación es expuesta tanto por el sector privado como por el propio gobierno. Un relevamiento de la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (Apyme) en conjunto con la Asociación de Empresarios Nacionales (Enac) advierte que al menos 50 pymes cierran sus puertas a diario debido a la crisis generalizada que atraviesa a la producción nacional. Asimismo, los últimos datos arrojados por el Ministerio de Producción y Trabajo de la Nación muestran que en solo un año se perdieron cerca de 268.300 empleos en el sector privado.

Hay una relación muy estrecha en la forma de concebir la economía nacional y el éxito en la lucha contra la pobreza. Si las decisiones de política económica se basan en la idea de “volver al mundo” como proveedores de materias primas que poseen un reducido número de personas y empresas extranjeras, en el contexto de una economía totalmente liberalizada y sin vocación nacional está claro que los pobres y la Patria no forman parte del compromiso y los deseos de sus dirigentes.

Los argentinos tenemos una enorme responsabilidad y un compromiso trascendente con nosotros mismos y con las futuras generaciones. No podemos volver a enfrentar unas elecciones presidenciales ignorantes de nuestro patrimonio, nuestra riqueza y los deberes que tenemos de frente a nuestro prójimo. No podemos volver a ser engañados por candidatos que prometen ser lo que nunca fueron, y hacer cosas que nunca hicieron.

Ya hemos aprendido que ninguna receta que “suena lindo” a oídos de los mercados y que aplauden los poderosos del mundo es la que trae justicia social a nuestra Patria y sirve para enfrentar con decisión el problema de la pobreza. Por lo tanto, ya no nos alcanza con un debate público; ahora queremos saber con precisión qué van a hacer los candidatos, quiénes serán sus ministros y por el interés de quién se preocuparán realmente.

Y del lado de quienes eligen, si alguno no se siente representado con la oferta de candidatos que ofrece esta fracasada democracia liberal, igualmente tiene el deber de exponer su disconformidad y participar en cualquiera de las formas y mecanismos que nuestro pueblo se procura para hacer escuchar su voz, a fin de persuadir a otros y trabajar para mejorar su representación. Porque de lo contrario, si todo sigue como hasta hoy, la pobreza es entonces una preocupación sólo de aquellos que la padecen.
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