El mensaje de las urnas en Sudamérica
Hace algunos días, Evo Morales fue reelecto presidente de Bolivia por tercera vez consecutiva. La semana pasada, Dilma Rousseff ganó el balotaje en Brasil y resulta presidente por segunda vez consecutiva, siguiendo el rumbo político que iniciara Lula Da Silva y que lo retuviera ocho años presidente de su país. En Uruguay, también hace pocos días, Tabaré Vázquez obtiene el 47,8% de los votos a la presidencia, y si bien no fue suficiente para ganar las elecciones (el 30 de noviembre se dirimen en un nuevo balotaje) se espera un amplio triunfo oficialista, con posibilidad de obtener incluso la mayoría en el Congreso de la Nación.
Una misma situación se viene observando en otros países de Sudamérica como Chile, Argentina, Venezuela y Ecuador. Es decir, se observa claramente un proceso democrático con fuerte presencia popular, donde las mayorías prefieren gobiernos que priorizan la distribución del ingreso, las políticas activas para promover el empleo y la producción, y la integración sudamericana en el ámbito de una estrategia propia de desarrollo político y económico, que se traduce claramente en posiciones comunes en el plano internacional, como por ejemplo, el rechazo a los fondos buitre, la denuncia al colonialismo y cuestiones relativas a la seguridad.
Si bien la realidad de cada uno de estos países es diversa, todos comparten una trayectoria de integración sobre la base de políticas de control del mercado, con un compromiso particular sobre la pobreza y la desigualdad, fenómenos que se habían agravado durante los gobiernos neoliberales (Sanguinetti Coirolo y Batlle Ibáñez, en Uruguay; Collor, Franco y Cardozo, en Brasil, Menem y De La Rúa, en Argentina, por ejemplo) y que dieron lugar a graves crisis económicas y sociales.
En otras palabras, las últimas elecciones (sumadas a las que han venido ocurriendo en los años recientes) dejan algunos mensajes claros para todos aquellos que observan con atención los procesos políticos y económicos a nivel internacional: la inestabilidad política y económica de un continente pobre y fragmentado, integrado sin voluntad propia a la división internacional del trabajo, va quedando atrás para dar lugar a una Sudamérica capaz de producir alimentos y energía para todo el mundo reteniendo sus ganancias, y de crecer autónomamente sin depender de la voluntad de los Estados Unidos y de Europa. Después de diez años de crecimiento económico, desarrollo social e industrialización, Sudamérica cuenta con un mercado interno más fuerte, una economía más avanzada y una enorme expectativa de crecimiento, que la coloca en los primeros lugares para recibir inversión extranjera directa de todo el mundo. Todo esto, a diferencia de otras instancias históricas, respaldado por las mayorías populares que eligen democráticamente gobiernos que demuestran un claro interés nacional, y con el orgullo de levantar en alto su soberanía política.
De todas formas, los desafíos que estos países deben afrontar son todavía muchísimos y los obstáculos a la promesa de una Sudamérica fuerte y desarrollada son enormes. Por mencionar algunos: en muchos países todavía se observan altos índices de pobreza y desigualdad, se esperan todavía reformas políticas profundas, y queda mucho por reducir la brecha entre ricos y pobres. Además, no está dicho que el resto del mundo se quedará sentado y cruzado de brazos observando cómo Sudamérica conquista mercados y obtiene mayor relevancia a nivel internacional…
Un mensaje queda bien claro: el pueblo sudamericano ha entendido perfectamente que éste es su momento, y que los gobiernos que escuchan al pueblo y trabajan por el interés nacional, deben permanecer al comando de sus países.
Esteban Guida, Fundación Pueblos del Sur.
Versión en español del artículo publicado en diario digital italiano Formiche. Vea aquí el original: http://www.formiche.net/2014/11/01/ecco-cambia-lamerica-latina/