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Sobre la sostenibilidad de la deuda

Panorama económico

Articulo especial para el diario El Ciudadano.

En su presentación ante el Congreso de la Nación de esta semana, el ministro de economía, Martín Guzmán, no aportó mucha más información respecto del tema que, desde el primer día del gobierno de Alberto Fernández, ocupa el primer y único lugar de la agenda política y económica.

De esta forma, las dudas respecto del desenlace de este tema crucial aumentan día a día, tanto para los argentinos, que siguen padeciendo una profunda crisis sin horizonte de solución, como para los acreedores de la deuda pública que quieren cobrar lo pretendido. En efecto, de las casi dos horas de exposición que el ministro hizo ante los legisladores, no se obtuvo mucha más información que permita reducir la incertidumbre acerca del futuro cercano.

Sin embargo, vale decir que, esta vez, el ministro de economía de la Nación transmitió un mensaje más realista y sensato. Esto no es poca cosa, en vista del nefasto antecedente de funcionarios que se subieron al tren de la impunidad, dejando abajo la moral, para mentir sin escrúpulos con discursos escindidos de la realidad.

Guzmán sostuvo que la cosa está difícil, cosa que viene advirtiendo desde el primer día que asumió su cargo con el cometido principal (¿único?) de sacar a la Argentina de este default en el que nos metió una gestión directamente responsable y cómplice del saqueo perpetrado con cargo al Estado nacional, es decir al conjunto de los argentinos.

Guzmán insistió en reiteradas oportunidades acerca del sostenibilidad de la deuda. Explicó que esto significaba, lisa y llanamente, poder pagar la deuda. Pero, por algún motivo, el gobierno no avanza en la descripción de lo que implica esta deseada “sostenibilidad”. Sea por falta de conocimiento o de voluntad, falta conocer las características y las implicancias políticas de lo que implica para el gobierno esta propuesta.

Un argumento de esto podría ser la necesidad de mantener en secreto su estrategia de negociación frente a los acreedores que, se sabe, no guardan reparo a la hora de aplicar todo tipo de artilugio y artimañas con tal de obtener su cometido.

Esto implicaría pensar que, si los acreedores supieran lo que la Argentina va a hacer con su economía, nunca aceptarían la propuesta de renegociación de la deuda. Parece un tanto improbable que esto sea así. Más lógico sería pensar que el gobierno está usando todo el tiempo que puede para obtener información sobre la posible reacción de los acreedores y los poderes involucrados en esta jugada.

Sin restarle crédito a esta jugada, resulta inadmisible que en el llano, en el plano doméstico, en los círculos políticos y de pensamiento nacional, no se esté desarrollando un discusión franca y directa acerca de lo que implicará esa “sostenibilidad”. Pareciera ser que los 44 millones de argentinos estuviéramos procurando descifrar el enigma que el gobierno guarda con celo extremo, como si allí estuviera la clave secreta de la salvación, sin sabernos relevantes ni, en definitiva, dueños de esta decisión.

Pero, en rigor, los argentinos estamos obligados, comprometidos, urgidos en pensar, reflexionar, analizar, discutir, definir y proponer lo que queremos que signifique un programa sostenible. Esto no puede ser el resultado de una ecuación matemática, de una curva de deuda o de una proyección financiera; mucho menos de la probabilidad de éxito de una negociación hecha a espaldas de los argentinos, que son los que en definitiva tendrán que pagar con su trabajo.

Porque pareciera que, ante la actitud expectante, pasiva e ignorante del conjunto de los argentinos respecto de semejante tema, no hay más que acatar lo que resulte de la genialidad de una elite gobernante (si todo sale bien) o de su fracaso (si todo sale mal). La suerte de un país y de sus futuras generaciones no puede quedar librada a esta disyuntiva, por más que estemos en presencia de un gobierno que esté a la altura de las circunstancias y procure el bienestar material de la Nación.

Buscar un programa sostenible implica definir cuál será el mecanismo por el cual la economía argentina va a generar la riqueza suficiente para, primeramente, permitir que todos los argentinos, los que viven en el presente y los que vivirán en el futuro, gocen un mínimo bienestar y satisfagan sus necesidades básicas para vivir dignamente (trabajo, alimentación, vivienda, educación, salud integral, justicia, paz, etcétera); y, a partir de este presupuesto mínimo, cumplir con los compromisos internacionales que provengan de un endeudamiento lícito.

Significa también repartir justa y equitativamente el sacrificio entre los argentinos, entre el trabajo y el capital, entre los distintos estratos sociales y regiones, según la real capacidad de aporte y pago de cada uno, para que el modelo económico resultante sea políticamente viable; porque ningún programa será sostenible si no se fundamenta en la justicia social.

Significa establecer los mecanismos posibles y efectivos, el esfuerzo y la decisión de enfrentar las fuerzas que someten, oprimen y saquean los recursos nacionales (incluyendo el trabajo), que por décadas han sido extirpados de nuestro activo, restando capacidad de crecer y desarrollarnos, perpetuando la pobreza y profundizando nuestra subordinación al poder financiero; todo ello con la anuencia, el silencio o la complicidad de los gobiernos (dictatoriales y democráticos).

Se trata de enfrentar el verdadero problema económico-político que cualquier argentino de buena fe puede y debe saber, sin tecnicismos ni ideologías foráneas, para poder asumir su cuota de compromiso y responsabilidad, en la medida de sus posibilidades; porque en esta lucha se nos va la patria y el futuro de los argentinos.

Marzo ya está muy cerca y la cosa está más que difícil, pero es justamente por ese motivo que no habrá salida sostenible positiva (aunque resulte costosa y realizable en el largo plazo) si no es mediante la organización de las fuerzas vivas de la Argentina, en torno de la causa nacional y con un propósito claro y precisamente orientado a la liberación nacional. En otras palabras, se trata de ser libres; porque de lo contrario, no seremos nada.
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